jueves, 28 de abril de 2011

Carlos Eduardo Zavaleta


EL MAESTRO CARLOS EDUARDO ZAVALETA SE NOS ADELANTÓ

La primera vez que lo vi fue en el verano del 97.

Había escuchado hablar de él en el colegio pero fue al salir de allí cuando leí por primera vez la novela corta “Los ingar” (1955) y el hechizo que me causó su lectura no fue otro que las ganas de seguir leyéndolo. Pero tuve que esperar unos años todavía para poder conversar con él.

No recuerdo como conseguí sus coordenadas pero lo cierto es que después de varias tentativas, siempre por teléfono, quedamos en que lo iría a visitar a su casa. Antes de llegar pasé por una librería miraflorina y en un descuido de la vendedora su libro de cuentos “Pueblo azul”, se hizo humo entre mis manos, a pesar de transcurrido el tiempo creo estar viendo el libro impecablemente editado.

Antes de tocar la puerta dudé mucho, por un momento la mente se me puso en blanco porque si bien estaba allí delante de su puerta no sabía exactamente qué estaba buscando, de preguntármelo no hubiera sabido qué responder, ¿cómo decir con palabras fáciles que sólo iba para verlo, escucharlo y saber cómo eran los minutos en la vida de un escritor? Eso lamentablemente yo no podía cómo explicarlo. Y cuando ya estaba por retirarme ante el evidente desatino de alguien que va a la casa de otra persona sin saber por qué, el Maestro salió con una bolsa negra de basura y ante mi “inesperada” llegada me dijo “pasa joven, no te quedes allí” de manera que entró él, la basura y yo. En su departamento muy bien amueblado de cuadros y recuerdos dos cosas me llamaron la atención: su biblioteca escrupulosamente ordenada y las numerosas fotos tanto con Tita (su esposa) y de personajes importantes del mundo entero tales como el rey de España.

Ya sentados frente a frente, para mi buena suerte, no tocó el motivo de mi presencia en su casa, hablamos de una serie de temas: poetas, novelistas, de Yungay al anochecer y de Caraz dulzura al amanecer.

Yo en ese tiempo ya estaba escribiendo uno que otro cuento que luego se reuniría bajo el título de “La vida no vale nada”(2005) Después de tomar un gran valor le dije que yo también quería ser escritor y que ya estaba viendo la forma de publicar mis primeros escritos, el Maestro en ese momento entre serio y convencido dijo que no debía apresurarme en publicar y que lo más importante era escribir antes que publicar pero si persistía en lo mismo lo más recomendable era empezar escribiendo artículos, crónicas, notas sueltas “debes practicar mucho antes de meterte en estas cosas”, me recomendó que hiciera muchas cosas pero que aún no era la hora de publicar. Las horas pasaron volando y cuando me despedí escuché el consejo final, “escribe todo lo que se te ocurra pensado en que jamás lo llegarás a publicar”. El camino de retorno fue una peregrinación y caminando por el borde del acantilado me sentí incomprendido, creí que me alentaría pero luego de esa entrevista sólo saqué una lección: el camino sería demasiado largo y que nada de lo que hiciera sería suficiente como para estar embarcado plenamente en el arte de la creación.

Años después la historia me daría el gusto de encontrarlo nuevamente pero esta vez ya no sería en su casa frente al mar sino en la siempre palpitante Universidad de San Marcos. Yo era alumno y el profesor de literatura norteamericana. Llegaba puntual y siempre elegante, sus clases estaban preñadas de citas y referencias, hablaba de autores como Herman Melville, Nathaniel Hawthorne, James Joyce, William Faulkner, Ernest Hemingway etc.

Su disposición y ganas de enseñar a las nuevas generaciones era estimulante, llegaba daba su clase y de inmediato se iba, por eso casi nunca lo vi en la sala de profesores.

En el 2006 publiqué mi segundo libro “El día de mi suerte” los amigos más cercanos me aconsejaron que la persona ideal para la presentación era Carlos Eduardo Zavaleta, después de terminado las clases me acerqué a él para hacerle la propuesta y su respuesta le heló la sangre: se excusó argumentando que a él lo invitaban universidades y personas de gran prestigio pero que él siempre les había dicho que no, de manera que excusándose me dijo que no iba a poder presentármelo. Regresé al grupo que me esperaba ansioso por escuchar el desenlace de la entrevista y por asuntos de diplomacia sólo les dije que el Maestro viajaría a EE. UU. y que por ello no iba a poder pero que lo lamentaba y se excusaba con todas las fuerzas de su corazón. Los muchachos entendieron y por tan razonable excusa fuimos de inmediato a la caza de otro presentador.

Pero a pesar de todo ello siempre quedó el agradecimiento porque de no haber sido así quizá nunca hubiera persistido, ahora tiempo después a veces creo que lo hizo sólo para probar mi fuerzas.

Tiempo después y ya en Paris publiqué “Hojas de otoño” y por intermedio de unos amigos le hice llegar mi libro, un día, el menos pensado, me envió el siguiente correo “Es un gusto saber que sigues escribiendo a pesar de todo, serás bueno, no te preocupes”.

Su compartimiento no fue ni bueno ni malo simplemente así se habían dado las circunstancias.

Ahora que me entero de su muerte por intermedio del poeta Hildebrando Pérez Grande, sólo queda el recuerdo de sus consejos, y en esta hora vana y asfixiante el mayor homenaje que se le puede rendir es leyendo sus obras que plasman la complejidad de aquello que llamamos Perú. Ahora a la distancia y lejos de todo abro su libro “Pálido pero sereno” y Carlos Eduardo Zavaleta me parece más vivo que nunca.


1 comentario:

lilytg dijo...

El camino es demasiado largo, pero a pesar de todo seras bueno...palabras biblicas. Solo podremos apreciar su longitud cuando habremos avanzado una gran parte de él..