martes, 1 de enero de 2013

AL FILO DE LA MUERTE



AL FILO DE LA MUERTE



          No recuerda con precisión si fue cuando subía o bajaba del tranvía, pero lo cierto es que sintió cómo el frío metal se hundía sin dificultad en su espalda; la mano asesina continuaba allí, pues tenía la intención de hundírsela hasta el puño. En ese instante, de eterno silencio, se le pudo percibir el aliento final; ese aliento de  vida que ayudaba a vivir y solo le dejó el tieso armazón con el caminar inconcluso y con la expresión casi inalterables.
         Se hubiera dicho que no sintió los rigores de la muerte si no hubiera sido por ese quejido de dolor que luego hiriera oídos. La expresión casi vívida y mortal motivó para que el loco le insertara otra puñalada más que internamente pasó rozándole el pulmón izquierdo. José, aún en estado sensible, reaccionó como después de una pesadilla, pero no fue una reacción viva, sino rupestre, en que lentamente volvió la cabeza hacia atrás para ver qué manos le daban muerte, y fue en ese instante en que sus sentidos se descontrolaron y en un intento de recordarlo todo, olvida, por una fracción de segundos, en qué lugar estaba.
         Fue una necesidad tanto angustiante como obsesiva que luego le daría lugar para rememorar esa fatídica tarde lluviosa de octubre en que, por cosas de la vida, el destino se encargó de ponerle un arma a la mano; destino trágico y valedero, ya que por una simple confusión hirió de muerte a un joven irreprochable, triste final pues ésa era la única muerte que no merecía.
          Recordó con amargura –que es otra de las formas de vivir– que en este mundo las afrentas se pagan con lo único de valor que se ha traído a este mundo: la vida. Y nadie que se respetara soportaría esa calumnia hecha pública y que corrió como reguero de pólvora durante tantos días con tal publicidad, pero con tal ilógico percance que él fue el último en enterarse. No le hubiera enfurecido tanto si hubiera sido un enemigo declarado, pues siempre los tuvo bajo control, pero éste, surgido de una de esas tantas agrias polémicas, no se supo en qué bando estaba sino hasta el día en que escribió un artículo tan eficaz como ambiguo, pero que José, cegado por su furia, lo interpretó en su contra, no porque quiso, sino que se confundió de artículo y al otro día, al no poder vivir, le timbró el teléfono: no tengo nada contra ti, pero tu padre es un traidor a la patria. La frase avivó en el joven la furia que creyó controlada y con razón puesto que no se metían con él sino con su familia, que es la peor forma de los cobardes y si no llegó a ir en ese momento a ponerle en su sitio, fue porque era un hombre leído.
Esperó calmarse; sin embargo, le resultó inevitable prosar algunas duras verdades que, luego de terminarlas, llevó al periódico de su amigo, como la manera más correcta de demostrar su indignación ante el infundado agravio. A diferencia de sus otras entregas, en esta depositó toda su amargura. Esa insultante frase no lo dejaba vivir, le reventaba la cabeza. Fue en el hall del periódico de donde el joven se disponía a salir cuando de repente, al levantar la mirada, se encuentra cara a cara con su oponente, que también sorprendido de verlo allí, retrocede espantado.
         Más tarde se diría que ese encuentro no fue casual, como al principio se creyó, sino algo tramado por el destino y algunas manos negras que se complotaron para hacer de esas prometedoras carreras unas desgracias irreparables, pues era obvio: ése era el único gran lugar donde ellos supuestamente jamás debían encontrarse. Y en efecto, el plan resultó mejor de lo planeado, pues el joven, sin poder contener la furia descomunal y aprovechando un descuido, se le va encima cual fiera asesina sin dejarle tiempo para reaccionar, lo toma de la solapa con la mano izquierda y lo abofetea con la derecha. Esa acción antes hubiera sido toda una invitación formal a las espadas, pero no. Fue en ese momento, en que creyendo próxima otra reacción del joven, cuando José se mete las manos en la solapa para asustarlo, (era allí donde por lo general llevaba su arma), pero descubre con terror algo duro y frío, era su revólver, que él creyó haber dejado en casa, pero por alguna razón desconocida, estaba allí, quietecito y preparado.
         La insensatez del joven lo obliga a desenvainar su arma y tras la impresión de un nuevo ataque, se asegura apuntándole a brazo tendido. Fue en ese momento cuando el joven toma conciencia de sí, el cuerpo independiente retrocede unos pasos hasta chocar de espaldas contra la pared tapizada.
         Su cara pálida era de un muerto de siete días, pero no su implorante mano, que extendida hacia su adversario, pide que por favor no dispare. José, que vivió toda esa acción en menos de lo que se demora en parpadear, siente juntársele la cólera. El artículo pasado y la agresión de hoy le hierven la sangre, masculla algunos reproches y sin poder contener la furia descomunal, tira del gatillo. Su expresión continuaba alterada en el momento de ver cómo el joven se lleva ambas manos al lado izquierdo del abdomen, el gesto de dolor en su rostro da a entender una herida mortal. Se inclina hacia delante un poco y con lástima ve cómo el hilo de sangre le sale ininterrumpidamente por el hueco de la herida; en su afán loco de vivir, trata de taponarlo con el índice, es en vano. Los testigos tiempo  después dirían que esa era la primera vez que veían a un hombre morir parado.
          Y así como a ellos, a José también le fue difícil olvidar aquel momento, era su sombra, e incluso, en esa última fracción de vida, la imagen de su antigua víctima se confundió ahora con la de su victimario, lo que le precipitó más a la muerte. La sangre, confundida con la llovizna, que se iniciaba como todos los días a esa hora, le bajaba por las pantorrillas hasta llegar al charco donde estaba el líquido de su existencia. El loco, antes de sacar el humeante cuchillo de la espalda dice con una voz tan reposada que parecía haber esperado tanto para ese momento:
         Sé que has vivido poco y te has cansado mucho, pero tienes que morir.

                                                                  (Este relato forma parte del libro “la vida no vale nada” Lima, 2005)