lunes, 23 de junio de 2014

Ella soñaba con el mar por el Arcipestre Quinto Doce



Francisco, el de Francia, o también, aquel que viene del país Franco, teutónico voraz, germánico remoto que cruza neblinas, caballero que espera musas. Desde las alturas los piadosos Apus alados contemplan. Ojo de buen cubero, charada que rueda... que rueda, en el camino no puede detenerse. Las Ies griegas reflejan de su espalda el espejo. Las caricias de la magia hipocorística llaman en ecos salidos de las profundas cañadas a Pancho que no dice su nombre, a Paco que lo grita por los cuatro costados, a Curro que se aclimata a todas las latitudes, a Chencho de chicharrones dorados, a Cisco que miente sacándote la lengua, a Chico que no acaba de crecer: Manos suaves, mirada arrobadora de auquénidos y de aves milenarias. Gota por gota, sangre por sangre y otra vez, ojo por ojo. ¡La rabia no! ¡La rabia no!
Los niños piden pan, piden queso, el vino siempre presente en el cáliz del dolor. Adagio para mandolina y clavicémbalo, Mi mayor. Opíparo 33 mano izquierda. El ojo del agua se desborda en ríos innumerables, en surcos innombrables, en venas con nombre propio que van cubriendo las mocedades de tierras con fragantes choclos, con tubérculos inmensos a la luz de las lunas que se acuestan.
 La espina clavada en Tamputoco deja de crecer, se funde, se muere, desaparece en una lengua jeroglífica, que no habla ni cristiano ni blanco, habla para decir que espera el trueno y la espada, se oculta, calla, se ahoga en las aguas cristalinas, no sabe nada, exige un amanecer que nunca llega: Léonor hoy, Anaïs mañana, Beatriz otro día, qué importa el ojo en el ojo de aguas marinas que dicen un nombre en demasía. Silencio, que llega el cuarto de hora, la ahuja del reloj pasa, silencio.

El Arcipestre Quinto Doce.
Montparnasse, 31 de diciembre 2011, media noche.