martes, 26 de agosto de 2014

César Toro Montalvo sobre el libro "Ella soñaba con el mar"



ELLA SOÑABA CON EL MAR
                                                                                                César Toro Montalvo





           
 Nada me puede ser satisfactorio como pocas veces la trama técnica de una novela corta me puede seducir. En muy pocas oportunidades la lectura de una obra pude acabarlo de leer en menos de una hora, espacio que me dejó deslumbrado. Lo confieso sin azoro dada la experiencia de lecturas que he tenido en mi existencia.
            Ella soñaba con el mar nouvelle de Abraham Prudencio me ha seducido, su lectura gratifica mis sentidos. La trama argumental parece de fácil acceso y contenido. Parece, pero el atributo mayor que Abraham Prudencio ha logrado que el entramado de su nouvelle, desarrolle con virtuosismo las técnicas avanzadas en el arte de la novela. Eso quiere decir que su logro narrativo es procedencia de una maestría con tendencia  a la madurez tratándose de un escritor inmigrante latinoamericano en Europa, esencialmente París y Praga.
            Esta novela, en soñante y real, con binomios femeninos: Delphine o Anais, “antes que fuera Leonor”, o Beatriz, la primera en tratarla; o el mismo Abraham Prudencio que resulta ser probablemente el mismo, pero que aparece con la misma figura y oficio en el otro Abraham Prudencio, que también ama a Delphine, y anuncia que se va  a casar con ella. Todo esto resulta ser una novela corta desconcertante argumentalmente, una novela desenvolvente que no acaba solo con la partida de la protagonista principal, y que a lo largo de los ocho capítulos, la evocación de un amor perdido, ausente físicamente, aparece con insistencia en la biografía amorosa de “Pancho” y Leonor- Delphine. Ella se ausenta de él  por obra de un destino incierto en París pero vuelve a reencontrar a Pancho en Praga.
            Existe en el protagonista “Pancho” Abraham Prudencio una obsesión constante y reiterativa del amor por Delphine, eso de querer ser el amor casi enfermizo y loco por Delphine, la ama en demasía. No se arrepiente de haberla amado desde su soledad. Pero Delphine tiene que dejarlo, y no se sabe –según la trama de la novela– por qué tiene que partir sin él.
            En ese ámbito parisino aparece en la novela el amigo protagonista que consuela a “Pancho”, que le dialoga convertido en un ser humano. Es el amigo confidente que está allí con él. Es el amigo, que  en sus ratos de pena y desconsuelo amoroso, no solamente lo acompaña, sino que además le da consejos ante la ausencia de Delphine. Ese amigo es un san bernardo ovejero cruzado con chihuahua, y resulta ser Belleville, su amigo can. De otro modo, el Arcipreste Quinto Doce nos sugiere –publicado en la segunda solapa del libro-  manera simbólica, los alcances de esta novela:

         Francisco, el de Francia, o también, aquel que viene del país Franco, teutónico voraz, germánico remoto que cruza neblinas, caballero que espera musas. Desde las alturas los piadosos apus alados contemplan (…) Las caricias de la magia hipocorística  llaman en ecos salidos de las profundas cañadas a Pancho que no dice su nombre, a Paco que los grita por los cuatro costados (…) Manos suaves, mirada  arrobadora  de auquénidos y de aves milenarias. Gota por gota, sangre por sangre  y otra vez, ojo por ojo. ¡La rabia no! ¡La rabia no! (…) La espada clavada en Tamputoco deja de crecer, se funde, se muere, desaparece en una lengua jeroglífica, que no habla ni cristiano ni blanco, habla para decir que espera el trueno y la espada, se oculta, calla, se ahoga en las aguas cristalinas, no sabe nada, exige un amanecer que nunca llega: Léonor hoy, Anais mañana Beatriz otro día, qué importa el ojo en el ojo de aguas maribas que dicen un nombre en demasía. Silencio, que llega el cuarto de hora, la aguja del reloj pasa, silencio.


            Habrá que recordar que las técnicas  –algunas de ellas– que Abraham Prudencio desarrolla en esta novela, en cierto modo nos recuerdan a William Faulkner y Alain Robbe Grillete.
            En lo que corresponde al entramado general de la novela, existe momentos culminantes a la hora de la despedida. Léonor ha tomado la decisión definitiva, Pancho la escucha con una sorpresa súbita, le dice Léonor que ahora tendrá más tiempo para escribir, pero allí le deja a su perro Belleville para saber de las acciones de Pancho. El diálogo es directo y revelador:
—En  esta vida hay cosas ineludibles, pero si me voy es por el deseo de estar contigo.  Descuida, Pancho, siempre estaré a tu lado, por eso debo dar el siguiente paso, en principio (...)
—Es una buena decisión, tendrás un poco más de  tiempo para escribir,  ya no te distraeré caminando  por el  borde del Sena ni diciéndote que me digas cosas bonitas, el piso de tu habitación se convertirá en un escritorio para ti solo, el tiempo  pasa rápido,  además estarás bien acompañado; Belleville me informará de tus acciones, cuidadito  nomás,  Pancho,  estás advertido,  seré ingenua  pero no tonta. (pág.14)

         El tema de la ausencia en Ella soñaba con el mar es reiterativa, y hasta el silencio ocupa un espacio en el pensamiento de Pancho; aquí en este parágrafo ella lo describe “ángel con los ojos pícaros”, y lo descifra en anuncio:
—La ausencia tiene poesía, Pancho,  además te acostumbrarás a escribir por todos lados. Recuerdo mientras caminábamos por el parque, disfrutando  el silencio, de pronto, cuando todo parecía un sueño, enloquecías, buscabas tu moleskine y te  ponías a escribir horas de horas, te olvidabas de mí, Pancho,  te odiaba  y te quería al mismo tiempo, al final de la cena me mirabas con esos ojitos como diciendo paga la cuenta, amor, la próxima me reivindicaré... cómo negar- te, nada se te puede negar a ti, Pancho.  Eres un ángel con los ojos pícaros pero ángel al fin. (pág.14 y 15)

               
                Veamos como Léonor le adivina el porvenir del escritor, de los autores y el quehacer de la escritura, y hasta le sugiere

—Consagra tu tiempo a la escritura, eso es lo que  más  quieres. Por eso disciplina, Pancho, disciplina. Tu maestro Faulkner escribía sentado, Hemingway parado y tú eres el único escritor peruano y del mundo  que escribe echado. (pág.15)

            El amor resulta acaso insufrible, la descripción se autentifica, la declaración se hace unción amorosa, Pancho le declara casi con imploración:
—Amor,   tú sabes que no es cierto,  solo quieres que te repita una y mil veces que te amo, eres la única rubia al natural que amaré lo que me resta de vida que no es mucha pero es. (pág.16)
                                                 
            Su entrañable Perú, “enfermedad incurable” se le nota a “Pancho”. Léonor logra recordarle. Pero también lo peruano se hace en señales e íconos, en revelación de constancia, en el gesto que se aparece, en la insinuación de la peruanidad.

(… ) Pero ahora mírate, cuando quieres no hay nadie quien te pare y cuando te encuentras por la calle o en el metro con uno de tus compatriotas  cómo sufres por hilvanar una frase correcta en castellano, hasta me pides que te haga acordar una que otra palabra, pero lo haces por molestarme,  en el fondo eres más peruano que Machu  Picchu, estás pendiente de las noticias, a cada instante quieres saber qué pasó, el Perú para ti siempre será una enfermedad incurable, Pancho... (pág.16)

—Agarramos   nuestras maletas y nos vamos a recorrer los caminos del Inca, me muero por conocer la  Hacienda Nápoles...  Me muero por sentir las alturas de Machu Picchu, no sabes cómo me atraen esos animales que andan sueltos por las alturas... No me digas, Pancho, lo tengo en la punta de la lengua, ya está, alpacas, guanacos,  llamas... Por alguno de tus gestos,  a veces pienso que tienes un parentesco directo con esos animales. (pág.17)

            El tema del mar es el símbolo emblemático que prevalece en la nouvelle, aún por encima o paralelamente al tema del amor; de allí el mar costero del Perú adquiere relevancia y sugerencia narrativa. El mar es de ambos, de Pancho y Léonor, como la señala ella:

—Es verdad, Pancho, cuando veo el mar no hay rostro humano,  por eso me siento en paz, pero no todos los mares me dan esa impresión,  los mares de Europa  me los imagino llenos  de guerra, fríos, opacos y el del mediterráneo un mar capitalista creado para  los turistas; sin embargo, cuando vi el golfo de Bengala de la India me sentí en un mar humilde, sin dueño, pero sin saber a dónde ir, por eso el único mar que será mi casa  es el mar costero del Perú, pero ahora  no hay lugar para la tristeza porque estando aquí me basta mirarte para ponerme  feliz,  por  eso me gusta estar  contigo. (pág.30)


            Aún continúa Léonor y prosigue en el gesto de definición, en algo que ella siente por el mar, de comparación y presencia, de paz y experiencia, de algo favorito que existe, divino, o diversidad en definiciones precisas;
(...) El mar es como Dios,  al mar no le puedes mentir, es el reflejo cristalino de uno mismo.  Te da la paz, su tranquilidad  te saca de este mundo rutinario e imperfecto. Los juegos de las olas son como  sesiones de limpieza,  su olor, su brisa salada te envuelven sutilmente. Es el paisaje más libre e indomable  que existe. No tiene límites ni territorio porque  cada ola logra volar a lo más alto. Parece curioso pero creo que hay diferentes tipos de mar, así como identidades de países y de caracteres. El mar del Perú es mi favorito y para mí el único que me entiende. Tiene vida, personalidad y respira por sí mismo.  No ha sido domado ni conquistado. Su brisa es especial, se hace respetar con  sus olas y es libre. El mar es completo, como lo debería ser el amor en una pareja pero mientras que no la encuentras o están alejadas, sigue siendo solitario, pero entre los dos el mar será nuestra fuente de comunión. (pág.32)

            Con coquetería de insinuación moral, ella le confía a su perro para que lo cuide, pero sin tentaciones que le adolezcan. Léonor le propone.
—Olvídalo, Pancho, ya no hay tiempo, ayúdame a  meter todo esto a las maletas, menos a Belleville, él se  quedará  contigo,  el  día  que  nos volvamos a ver lo quiero sano y salvo, cuidado con estar haciéndole  beber esas cosas feas que te gusta tomar cuando estás triste. (pág.32 y 33)
            Y ahora aparece Beatriz, la otra o la misma, la que la abandonó en su primer momento; el trazo es de despedida y de confesión. Pancho lo anuncia en ese instante de súbita angustia:

—Tú  sabes que me pasaré la vida entera amándote  y apenas regreses nos iremos a caminar por el mar profundo  y eterno que tú elijas. Te amo como a nadie y como nunca Beatriz, cuídate mucho.
Le hubiera gustado un abrazo o quizás un beso, pero Beatriz se alejó sin decir nada y presurosa le dio la espalda como si cerrando los ojos entrara a un mundo del cual no quisiera regresar nunca más. (pág.33)

            Pero en ese resultado amoroso, aparece el “otro” Abraham Prudencio; el mismo que ama a Delphine, y que por el auricular escucha ese nombre, “su nombre”; como también va acompañado de los ladridos de su perro, que se desconcierta:

(…) A pesar de ser consciente de estar cometiendo  una locura digitó el número,  en la otra línea, después de un largo silencio,  escuchó el murmullo  de un hombre acabado,  cuando agudizó más el oído,  le pareció escuchar el ladrido de un perro,  luego se dio cuenta que solo eran sus nervios, tras escuchar el ¿aló?, forzando una voz serena dijo:
—Mi nombre es Abraham Prudencio. (pág.43)

            Vean el diálogo de confidencia de amigo, su perro Belleville, está allí protagonizando alcances recordatorios, como un protagonista real, como el amigo que es. Le habla a Pancho, le recuerda estos síntomas:
Desde antes que se fuera Léonor, Delphine o Anaïs habías empezado a sufrir. Ella, mediante el otro, te comunicó que se alejaba para siempre de tu vida y eso pasó en el preciso instante cuando no tenías un puto euro en los bolsillos, justo en el momento que necesitabas más amor ella te había  abandonado,  esa traición sin nombre fue como haberte dado una puñalada directa al corazón. (pág.63)

      En el  octavo y último capítulo aparece Beatriz, la primera enamorada de Pancho. Se han reencontrado en la presentación de su libro, como que aparece salida de un sueño a la realidad, así en este orden:
—Despierta,  Pancho,  soy Beatriz... ¿Acaso no me  reconoces? Cuando  me enteré que pre- sentarías tu libro en  este país, lo dejé todo por estar aquí, te dije que así como  el azar nos había separado,  el azar iría a juntarnos,  mira ahora estoy justo delante de ti, como el día en que nos conocimos  cuando  presentaste  tu  primer  libro, La  vida  no  vale  nada. Cómo olvidar esos grandes momentos.  Me  siento  muy  emocionada  de  ver Hojas de otoño traducido al francés. (pág.74)

            Hasta que al fin, el verdadero escritor, acaba de recuperar el amor perdido; el final es conmovedor, y le sugiere a ella ahora por este suceso pretende escribir un relato, como que tres personas se abrazan felices:
Abraham Prudencio,  de quien nunca  sabremos por qué le decían Pancho,  la abrazó con mucha fuerza como si estuviera feliz de tenerla allí después de largos años de ausencia, no sintió ni pensó en nadie, era el amor, por fin había encontrado  una persona que lo quería de corazón a pesar de no ser él, eso era lo único  que había estado  esperando. Él también regresaría  a casa después de haber pasado por tantas peripecias (…)
—Pienso hacer un cuento de nuestras vidas.  Contaré  la historia de una pareja de locos y un perro  hablador  y terminará con un fuerte abrazo. Y en ese momento Pancho, Beatriz y Belleville se abrazaron muy fuerte.
Praga, invierno del 2011 (pág.77)


            Evidentemente el virtuosismo desplegado con las técnicas de la caja china, el flash back, el puntillismo narrativo, el alter ego del escritor, el otro del mismo escritor; la presencia de Delphine  (Léo) y Beatriz que se desplazan en enfermedades amorosas y de locura; Pancho que es el evidente no excluido sino presente en el narrador, todos alcanzan ideales de contrariedades amorosas. Solo Belleville es el único que hace que la vida de Pancho continúe, es el amigo can que apoya en presencia al protagonista agónico pero firme y le conduele todo lo que le acontece a Pancho.
            Abraham Prudencio ha logrado matices relevantes de una narrativa neorrealista (y hasta fantástica) en su nouvelle Ella soñaba con el mar. De persistir, porque posee sobrada maestría, nuestro novelista puede darnos gratas sorpresas en el desarrollo de la novelística peruana actual. Ahora el empeño, es el único absoluto para su consagración al que le auguramos un brillante porvenir.

                                                                                         (César Toro Montalvo, Lima, mayo del 2014)