martes, 10 de noviembre de 2015

EL ABUELO AURELIO Y SU NIETO CAMINANTE





La claridad de la noche.
La luna llena devolviéndome la infancia.
No hay límites, solo estrellas y más estrellas,
una más brillante que la otra, chispeantes
como llamando, impacientes, la atención.

El inmenso cielo azul.
Qué mundo.
Qué universo.

Tanto infinito y yo solo mirando
durante toda la vida, el suelo polvoriento.

Sale el abuelo, caminando lento,
tanteando el mundo con su cayado.
Siente el silencio, me palpa el rostro
y murmura lento como para no espantar el amanecer:

“Hijo, todo los viajes siempre
te llevarán al mismo lugar.
Disfruta de la estrella
                                  siéntela,
                                  imagínala,
                                  gózala.
No te afanes con tocarla con las manos.

La vida no ha sido para tocarla
sino para sentirla, imaginarla, gozarla”.

Toma asiento lentamente en el pajonal
y su gastado cayado está siempre
como su sombra al amanecer.

De pronto un cachorro juega entre sus piernas
mordisqueándole sus viejas sandalias de pastor,
lo levanta sonriente de las patas delanteras
y entre saltos le hace danzar y el cachorro
de orejas largas baila con el mismo
brío de los saltamontes en primavera
y el michifus, a unos metros,
con las orejas de lanza,
mira la escena sorprendido.
Sus ojos son la inmensidad.

Entonces digo para mis adentros:
“Eso es vida, esa es la estrella que persigo”
Pero luego recuerdo que había ido temprano
solo para despedirme y me despido sin saber,
una vez más, a dónde iré ni cuándo volveré.

Miro esos ojos llenos de tiniebla y veo tanto
tiempo ido y me digo:
“¿Para que ir tan lejos si allí, entre estrellas y seres queridos, está la felicidad?



    (Martes 10 de noviembre 2015)

1 comentario:

lilytg dijo...

Muy lindo poema, la subtilidad en la transmision de la experiencia del anciano a la nueva generacion...