martes, 24 de mayo de 2016

EL QUERIDO MAESTRO OSWALDO REYNOSO



Desde muy niño siempre soñé con ser un escritor, pero nunca se lo dije a nadie por temor a una desilusión. Ninguno de los que me rodeaban tenía idea de lo que era meterse en este lío, hecho que aumentó mi pesar. Para cumplir con este sueño sentía que era necesario pasar por la Universidad San Marcos, no sé por qué pero siempre relacioné la literatura con dicha universidad.
Cuando ingresé a esta institución  lo hice con muchas ilusiones y también con un puñado de cuentos de amor y de muerte pero fue en el 2005 cuando recién el libro de relatos estuvo listo.
En ese tiempo la siempre grandiosa Inés, (que ahora, dicho sea de paso, está felizmente casada con un abogado tributarista en la madre patria) me dijo secamente:
Hace más de dos semanas estás amenazado con robar un banco para publicar tu libro, si bien en tu niñez fuiste todo un golfo ahora tienes que ser distinto, no es necesario que robes nada, yo te prestaré el dinero que necesites para que cumplas tu sueño pero en cuanto tengas el dinero me lo devuelves, haz entendido, las cosas prestadas se devuelven.
Solo me quedó mover la cabeza en señal de aceptación, qué más iba a pedir si ninguno de mis ancestros quería desprenderse de un penique para una empresa tan árida porque estaban convencidos que dicho proyecto era algo así como tirar la plata al agua.
 Un 10 de abril salió mi primer libro de cuento a la que titulé sin consuelo “La vida no vale nada”  y lo fui distribuyendo entre amigos pero luego, como quien cumple una formalidad, sentí la imperiosa necesidad de hacer la debida presentación en la universidad, pero allí nuevamente otro inconveniente que Inés me hizo reparar:
Necesitas a un buen escritor que presente tu libro.
La mente, como siempre me sucede en las cosas importantes, se me puso en blanco.
En lo que va de tu vida a qué escritor más admiras.
Y sin que me quepa alguna duda dije con firmeza
Oswaldo Reynoso.
Y junto a la aguerrida Inés nos fuimos a buscarlo por todo Lima, entramos al queirolo, al cordano, al bar don luchito, etc. mientras que el hombre, ese día, estaba bien sentado en su casa tomando leche frasca en medio de libros y libros.
Inés fue la que habló primero, aunque yo siempre me ufanaba de ser diplomático en realidad ella sí lo era, luego de una hora nos vinos charlando amenamente con ese escritor a quien yo siempre había leído pero que por primera vez veía en persona. Pasado los minutos por fin me dijo:
Déjame el libro, si me gusta lo presento, ¿de acuerdo?
De acuerdo dijo Inés con tal seguridad como si el libro fuese de ella.
Nos fuimos por toda la avenida hablando de Oswaldo Reynoso, Inés recién en ese momento confesó que se sentía deslumbrada. La vi con los ojos chispeantes y en un cruce de tres caminos me abrazó muy fuerte dándome las gracias por todo, abrazo inmerecido porque era yo bien debía agradecerle.
A la semana siguiente el maestro Reynoso me dijo, para sorpresa y felicidad mía, que aceptaba presentar el libro y que le dijera la fecha y la hora y así lo hice.
 El 30 de mayo del 2005 a las 6: 55 pm  todo estaba listo, el auditorio de letras estaba repleto, los libros en la mesa, la maestra de ceremonias no podía ser otra que la inefable Inés y el buen vino seguía macerándose unos minutos más, pero ¡oh sorpresa!, ni rastros del presentador, Inés tenía el color de los huesos de las momias de paracas, sin embargo, yo aún no perdía las esperanzas dado que  última conversación que tuvimos me reconfortaba:
Querido Abraham, estaré a las 7 pm en el auditorio de letras, palabra de creador.
Y en efecto, no sé como pero de pronto a las 7 pm lo vi entrar con pasos lentos pero firmes por el la puerta principal de letras, venía bien abrigado, con una bufanda en el cuello, reflejando en los ojos la felicidad y los sueños de un hombre libre.
Siempre recordaré sus palabras. Era la primera vez que alguien hablaba de mi trabajo, quizá una palabra mal intencionada me hubiera desalentado pero el buen Reynoso solo tuvo palabras de elogio  que me devolvió las fuerzas y las ganas para seguir escribiendo, sentí que no estaba solo, que el empeño y disciplina habían hecho posible incluso que tanto los asistentes como el mismo Reynoso estuvieran presentes ese día.
Siempre recordaré un consejo que me dio cuando estuvimos a solas y es por eso que no habrá nada en este mundo que me quite el sueño de seguir escribiendo, por eso cuando me enteré que el escritor Oswaldo Reynoso había muerto me sentí muy triste, como si un familiar muy cercano se acabara de “ir”, y no porque se tomara el afán de presentar mi libro sino porque veía en él a un ejemplo de creador, de hombre libre y consecuente,  de alguien que ha nacido para alcanzar sus sueños así tenga que morirse de hambre en este mundo de infortunios.
Adiós maestro hoy me tomaré una cerveza Pilsen bien al polo en tu nombre.