jueves, 26 de enero de 2017

UNA AMISTAD



         A mi gran amigo Wilmer Díaz



40 días antes de tu partida.
El mundo sigue con su bullicio,
la gente con su trajinar,
los carros con su embestida,
y las horas con su precipicio.

Las historias se funden,
las promesas se difuminan,
y los planes son metas a realizarse.

Pensamos en los amigos,
en los enemigos,
en los amoríos,
en los engaños.

El trabajo se complica,
nunca hay tiempo para nada.

Una sonrisa.
Una invitación.

Todo se instituye.
Todo parece eterno.

Pensamos en todo,
caminando, compartiendo un cigarrillo,
siempre llamándonos por apodos,
nunca por nombres,
porque quien ama siempre dice no amar
por no decir amar demasiado.

Pensamos, atrevidos, hasta en el futuro,
pero nunca en nuestros cuerpos
                                      fugaces,

pero nunca en nuestros cuerpos
                                 devastados,
pero nunca en nuestros cuerpos
                                        finitos.

El tiempo pasa y las amarguras llegan
como la madurez de los viñedos.

¿Quién para detener lo imposible?
¿Quién para frenar el precipicio?

Entonces el cuerpo mortal se manifiesta
se carcome,
         se devasta,
                   se pudre,
                              se acaba.


Entonces lo infinito se hace de medio metro.
Entonces lo posible irreal.
Entonces lo planeado se hace baladí.

Y es en ese momento cuando todo duele,
y es en ese momento cuando todo pierde importancia,
y es en ese momento cuando los recuerdos se agolpan
y uno se pregunta
el porqué de tantos planes
el porqué de tantos pensamientos
el porqué de tantos ajetreos.

Es allí entonces cuando viene, silenciosa y agazapada,
la que siempre estuvo allí, entre risas y bailes,
con los brazos cruzados,
pero ahora, pasado las horas,
actúa impasible por encima de los rezos,
por encima de las plegarias,
por encima de los lloros,
y es entonces
cuando nos damos cuenta
que la carne pasa,
que el cuerpo se pudre,
pero los recuerdos quedan
hasta el día de la hora final.

Nada como la Muerte que vence a la carne.
Nada como el recuerdo que vence a la Muerte.

Y entre lloros y lamentos,
los recuerdos se hacen más reales que uno mismo,
entonces no hay muerte
solo despedidas temporales.